
Su felicidad iba ligada estrechamente a nuestra presencia. Ahora con la perspectiva que nos da su ausencia, Nuria y yo sabemos, que él también era una parte importante en nuestra felicidad, era parte de nuestra familia, era el niño que no teníamos; al que había que llevar al médico cuando estaba malo, darle de comer, comprarle juguetes, llevarlo a lavar, sacarlo a pasear, y él siempre agradecido, siempre demostrándonos su cariño.
Ron era un perro tranquilo, pacifico. Nunca tuvo un mal gesto para con nadie, ya fuera conocido o desconocido para él, nunca un gruñido, nunca un mordisco, incluso nunca ladraba. Yo siempre le decía a Nuria; “cariño, este perro no sabe ladrar”. Solo había una cosa que le hacía perder su habitual flema, que le hacía perder los nervios casi tanto como nuestra llegada por las tardes… la comida. Cuando recogíamos de la mesa los restos de la comida, ó de la cena, ó de la paella de los domingos, entonces Ron se transformaba, perdía su dignidad de Husky de raza milenaria forjada por sus antepasados en las nieves arrastrando trineos de esquimales, y ajeno a su pedigrí se comportaba cual can callejero muerto de hambre, receloso de que nadie le quite el hueso repelado que acaba de encontrar. Después una vez saciado, bebía agua y regresaba a su calma habitual, a su sitio de siempre, entre nuestros pies, como si no hubiese pasado nada, con la dignidad de su raza totalmente recuperada.

Fue una tarde triste. Ron había empeorado. Devolvía entre estertores la poca comida que podíamos darle con la ayuda de una jeringuilla grande llena de papilla que introducíamos en su garganta. Y entonces tomamos la decisión más triste, la que estuvimos aplazando por todos los medios, la que nos resistíamos a tomar pero que era inevitable.
Lo envolvimos en una vieja sábana, subimos al coche, y lo llevamos al veterinario. Nuria no pudo entrar. Yo entré con el médico en una fría habitación que había a modo de consulta, deposite el cuerpo de Ron en una todavía más fría mesa de aluminio. Mientras preparaban la inyección, tome su cabeza y empecé a rascarle como a él le gustaba, entre las orejas. Con su cuerpo totalmente inerte, aún tenía fuerzas para lamerme la mano, como dándome las gracias, como cuando venía a recibirme a la puerta de casa. Puse su cabeza entre mis manos mientras el líquido de la inyección comenzaba a entrar en sus venas, sus ojos fijos en mí se apagaron lentamente para siempre. Entre sollozos nos volvimos a casa dejando un trozo de nuestro corazón en la fría mesa de aquella clínica.
Se llamaba Ron y siempre venía a recibirnos cuando llegábamos a casa…